La evolución digital en el mundo empresarial

Hemos hablado muchas veces de revolución digital, aunque en la gran mayoría de casos deberíamos definirlo más bien como una evolución que una revolución propiamente dicha, especialmente en los últimos años, donde las nuevas generaciones se han ido incorporando al mercado de trabajo y han taído con ellos nuevas tecnologías al puesto de trabajo.

Hay que entender que las empresas rara vez se revolucionan. Simplemente evolucionan con mayor o menor velocidad. Y parece un detalle menor pero es, muchas veces, fundamental para entender la realidad que nos rodea. Eso no quiere decir que no haya habido algunas revoluciones tecnológicas a lo largo de la historia.

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Según la RAE, revolución es, en una de sus acepcciones, un “cambio rápido y profundo en cualquier cosa“. Así que si nos paramos a pensar un poco, veríamos como las empresas se han adaptado a las nuevas tecnologías y formas de comunicación (véase las redes sociales), pero no podríamos llamarlo una revolución. Ha sido más bien un proceso más o menos rápido en el que algunas se han quedado por el camino y otras logrado sobrevivir con éxito.

Por poner un ejemplo. La historia del Sistema de Posicionamiento Global o GPS puede considerarse como una revolución en el mundo moderno. En realidad, esta tecnología data de la década de los años 50, cuando unos ciéntíficos estadounidenses descubrieron que podían estimar la posición del satélite ruso Sputnik 1, lanzado en el año 1957, a través de una serie de ondas. Rápidamente se dieron cuenta que si podían estimar la posición del satélite ruso, podían calcular igualmente la posición de un objeto en la tierra, utilizando un sistema similar. Al principio, el cálculo no era inmediato y tenía una desviación considerable, siendo su uso exclusivamente militar. Tras el derrivo de un avión comercial, en 1983, sobre Corea por la antigua Unión Soviética, el Gobierno de Estados Unidos decidió abrir esta tecnología al mundo civil.

Hoy en día todos los dispositivos móviles cuentan con un GPS. Tu coche, en caso de que tengas uno, tiene integrado un GPS. Incluso tu reloj, si eres de los que se ha puesto a la moda con uno de esos modelos digitales, cuenta con un GPS. Pero estamos hablando de una tecnología que surge en los 60s y se liberaliza en los 80s. Las empresas han tardado décadas en integrar dicha tecnología a sus productos y convertirlo en una herramienta indispensables en nuestras vidas. Véase como ejemplo Google Maps, que ofrece, en tiempo real, la información del tráfico o del transporte público para moverte de un lugar a otro de tu ciudad (o en el extranjero, donde es aún más útil). Y ya ni te cuento lo que han tardado en incorporar esta tecnología a la forma de interactuar con el cliente.

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La Guerra de los Cien Años enfrentó a los reinos de Francia e Inglaterra durante 116 años, de 1337 a 1453. Fue una dura y larga contienda que enfrentó a dos potencias de la época por el dominio de largos territorios de lo que hoy es Francia, debido a que unos siglos antes los normandos habían conquistado Inglaterra y pretendían ser tratados como iguales por el monarca francés, algo que este negaba pues consideraba al Condado de Normandía como vasallo y no veía motivos para cambiar dicha situación.

La guerra atravesó por muchas fases, en donde ingleses y franceses se repartían la iniciativa y los éxitos. Finalmente, el conflicto se decantó para el lado francés y definió hasta nuestros días lo que hoy conocemos como Francia. Pero un elemento destaca de esta historia, el uso del arco largo por parte del ejército inglés que supuso el inicio del fin de la caballería pesada, un básico de la estrategia militar en la Edad Media. Aunque el arco ha sido una herramienta utilizada desde hace miles de años, fue en esta contienda donde los arqueros ingleses y galeses se ganaron su fama. Si bien el efecto del arco largo en las batallas ha sido cuestionado, sí logró un cambio táctico importante al impedir la movilidad del caballería pesada y supuso una ventaja competitiva para el ejército inglés durante largos períodos de la contienda, especialmente por la falta de una estrategia claro entre los nobles franceses en el campo de batalla.

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Al igual que en el campo de batalla, las empresas deben adaptarse al entorno cambiante, donde surgen nuevos competidores y nuevas tecnologías. Muchas de esas nuevas tecnologías acaban pasando sin pena ni gloria por nuestro mundo y algunas logran triunfar. Podemos poner como ejemplo el laser disk, que no logró imponerse a su competidor directo, el DVD.

Hay otros casos más sonados. Basta con echar un vistazo al caso Kodak, que tuvo en su mano revolucionar el mundo de la fotografía, pero que prefirió aportar por el tradicionarl carrete de fotos que por el modelo digital. La empresa RIM, que dominó el mercado de los teléfonos móviles con su Blackberry, o Nokia también son ejemplos de empresas que no supieron adaptarse a tiempo a los cambios que ofrecían las nuevas tecnologías al considerar que eran modas más bien pasajeras.

Y es que hay un factor importante en la transformación digital de las empresas. Muchos puestos de dirección están dominados por personas que nacieron antes de la “revolución” digital, por seguir utilizando una nomenclatura ya extendida entre nosotros. Son personas que nacieron y desarrollaron gran parte de sus carreras sin contar con todos los avances tecnológicos con los que contamos ahora, por lo que su forma de entender el mundo aun se basa en lo aprendido en el pasado.

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Con esto no quiero decir que su criterio y experiencia no sean válidos. Desde luego hay muchos empresarios de éxito y que lo siguen siendo a pesar de contar con muchos años a sus espaldas. Pero suelen ser gente que se rodea de nuevos perfiles y jóvenes profesionales (bueno, ya no tan jóvenes, tampoco lo vamos a negar) que les ayuda a entender mejor las nuevas necesidades del mercado y, también, las nuevas herramientas que hay a nuestro alcance.

Porque debemos tener muy claro que para lograr una completa transformación digital de nuestra empresa, el cambio debe venir de arriba, debe estar presente en las mentes que dirigen la organización y tener muy claro los beneficios de dicha transformación. De nada sirve aportar por la transformación digital, simplemente porque está de moda, pero luego no dotarla de fondos y de cambios sustanciales en los procesos y procedimientos de la compañía.

Las empresas que triunfan no tienen por qué ser las que revolucionan el mercado. Muchas veces llegan nuevos competidores con una nueva propuesta, cambian las normas del mercado y acaban siendo consumidos por su propio éxito. Sin embargo las empresas que ven el cambio como una oportunidad para evolucionar, aprenden de estas nuevas tendencias, prueban, observan el mercado y finalmente se adaptan para seguir en la lucha por la supervivencia empresarial.

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